El espumoso del Día de la Madre ya tiene nombre. Y Medalla de Oro en Bruselas.
- Esther Ribadeneira

- 2 may
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Hay un domingo en mayo que merece una copa mejor que la de siempre.
No hace falta montar un gran discurso. Solo hace falta sentarse, abrir algo bueno, y que ese algo haya pasado por el filtro más exigente del mundo del vino antes de llegar a la mesa. El Concurso Mundial de Bruselas cata a ciegas, no perdona mediocridades, y distribuye las medallas de oro con una tacañería que las hace valer. El NOC Brut Rosé tiene una. Lo cual, traducido a lo que importa, significa una sola cosa: que en la copa hay algo que justifica el momento.
Y el momento, este año, es tu madre.

El vino es Tempranillo rosé —uva tinta vinificada en rosado, que ya de entrada es una decisión con personalidad—, elaborado en método tradicional y envejecido doce meses sobre las lías. Ese proceso lento, ese tiempo en bodega que nadie ve pero que la copa sí cuenta, es lo que explica ese color salmón tan limpio, esa nariz de fruta roja con un fondo de bollería recién hecha, esas burbujas que no molestan sino que acompañan.
En boca es fresco y frutal, con el equilibrio de un espumoso que sabe exactamente lo que es y no intenta ser otra cosa. Va con el aperitivo del domingo, con un arroz, con lo que haya en la mesa. Pero sobre todo va con el brindis de las doce y media, cuando el cava de siempre ya no parece suficiente y algo te dice que esta vez tenías que haber traído algo mejor.
Spoiler: este año lo trajiste.
24,50€. Medalla de Oro. Día de la Madre.
A veces todo encaja.






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